Sincronario de Efemérides

  Delgada como la rama de un árbol antiquísimo, luciendo la fina piel blanca de sus manos y antebrazos que asomaban al final de las mangas arremangadas de un sweater descosido, como la nieve de un invierno cruel debajo del techo de una casa rústica. Allí, estaba María, recostada en el sillón del living, mirando el ventilador de techo girar, pensando en las horas que llevaría tirada allí, aplastada por el calor y la humedad que caracterizan buenos aires.

 “María Álvarez de Castellón de quince años”, se repetía a sí misma, como un mantra para no olvidar quién era, pues tenía lo que algún místico o psicólogo poco ortodoxo llamaría “sexto sentido” o algo que algunos podrían también llamar un “don” aunque dependiendo de donde se lo mire, bien podrá decirse que era una maldición. María podía ver el futuro, y para esto no había límite. Había descubierto este “regalo” como diría su abuela Corina, hacía dos años atrás cuando tenía trece.

 Era un día de abril,  habían pasado dos meses después de cumplir trece años. María se despertó dentro de un sueño, pero ya no era ni María, ni tenía trece. Se llamaba entonces Carlos y era un hombre de treinta y dos años que vivía en Hurlingham, trabajaba en una fábrica de drones y tenía dos esposas, un marido y 5 hijos, dos in vitro, uno nacido en Marte y las otras dos, eran gemelas siamesas. Corría el año Dos mil ciento cuarenta y siete, se había elegido por primera vez a una inteligencia artificial como canciller de la tierra y esto estaba generando cierto malestar en las comunidades humanas alrededor del globo. Carlos vivió hasta los ciento cuarenta y un años y murió de un accidente de tráfico espacial, tras estrellarse contra un carguero de chatarra estelar. Allí María despertó

 Dos días después de ese sueño, mientras estaba en la casa de su abuela, merendando con ella decidió contarle lo que había vivido, Corina le respondió “Ahh nena, ese es un regalo” y esperó un momento para terminar mientras le ponía yuyos al mate “Yo también tengo ese regalo, y mi abuela, que sería tu chosna, también lo tenía. Es una herencia nena”. María escuchaba atenta a su abuela, y sin emitir sonido solo atino a asentir. “No tengas miedo, pero sabé que es un regalo que hay que cuidar mucho, y así también hay que cuidar a las personas de lo que vemos. Te va a pasar que vas a ver cosas de otras personas que aún ellas no hayan vivido.” Hecho suavemente el agua de la pava de metal al mate y continuó “no te asustes nena, mirá te voy a dar algo que te va a ayudar a comprenderte” Corina buscó un banquito pequeño, lo ubicó enfrente de una biblioteca viejisima y estirando la mano izquierda agarro un libro de tapa dura que no tenía inscripción alguna. “Tomá llevatelo” dijo su abuela mientras le extendía el libro. María que seguía en silencio, atónita por la situación, la miró, tomó el libro y lo abrió. “Sincronario de Efemérides… Corina Bleytuad” leyó hacia sus adentros, el título y el nombre de la autora que rezaban en las primeras páginas. Se sentó en la mesa de la cocina y empezó a investigarlo hasta quedarse dormida. 

 Entró en un sueño algo borroso, había una chica, delgada como la rama de un árbol antiquísimo, luciendo la fina piel blanca de sus manos y antebrazos que asomaban al final de las mangas arremangadas de un sweater descosido, como la nieve de un invierno cruel debajo del techo de una casa rústica. Era ella, recostada en el sillón del living, mirando el ventilador de techo girar, pensando en las horas que llevaría tirada allí, aplastada por el calor y la humedad que caracterizan buenos aires, repitiendo su nombre y su edad para no olvidarse quién era “María Álvarez de Castellón de quince años”, “María Álvarez de Castellón de quince años”, “Corina Bleytuad de ochenta y cinco años”.


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